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La barca de la Luna

(La leyenda del pueblo de la selva)

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LEGENDS

María Piaguaje, sentada sobre un tronco, pateaba el agua del río mientras pensaba. Sus movimientos bruscos mostraban que estaba furiosa. Y es que en sus once años jamás se había sentido tan disgustada. Esa tarde lo habían anunciado los mayores: su pueblo tenía que marcharse. Les dijeron que esa tierra ya no pertenecía a los Secoya. Gente extraña había talado su bosque y ensuciado las aguas de sus ríos. Ésa era la última noche que María pasaría allí. La última vez que vería el río. La niña giró los ojos, abarcando todo, como si quisiera llevarse el paisaje con la mirada, y suspiró soñadora. El ruido de una rana que saltaba dentro del agua la hizo volver a la realidad. Ya había anochecido. Una luna nueva en forma de cuerno se reflejaba sobre el agua. -¡Oh, Ñañé, Ñañé! ¿Qué será de nosotros? -gritó impulsivamente María, mirando a la Luna y llamándola con el nombre que su pueblo la conocía.

Luego se puso de pie y extendió los brazos para equilibrarse, así caminó por el tronco hasta llegar a la orilla. Dio un pequeño salto y sus pies se hundieron, los movió dentro del lodo y sintió la agradable sensación de la tierra húmeda entre los dedos.

-A mí también me gusta hacer eso -dijo la voz de un niño. María Piaguaje regresó haber sorprendida. En la mitad del río un muchacho pequeño, adornado con una cushma o corona de plumas, sonreía.

-¿Hacer qué...? -preguntó sin moverse del lugar donde se encontraba.

-Eso -señaló el niño a los pies de María- Jugar con los pies en el lodo. Aunque lo que más me gusta es reflejarme en el agua.

María sonrió también. -¿Quién eres?

-Soy Ñañé, el hijo de Rebao, -contestó el chico acercándose a la niña.

-Sí, claro, si tú eres el hijo de Rebao, yo soy el espíritu del agua, -se burló María, refiriéndose al mito de los Secoya que dice que la Luna es un muchacho llamado Ñañé, hijo de Rebao, el espíritu de la creación.

El muchacho se detuvo. Sus ojos tenían un extraño fulgor y el color de su piel era gris azulada. Al verlo de tan cerca, María se asustó y corrió hacia las matas.

-Espera, no te vayas -pidió el muchacho extendiendo las manos. Sus uñas brillaban como piedras preciosas.

-¡No te acerques! -gritó María, cogiendo una piedra y tirándola con fuerza contra él. La piedra lo alcanzó y al golpearlo una lluvia luminosa brotó de su cuerpo.

María se cubrió la boca con las manos.

-No tengas miedo de mí. Yo siempre he sido amigo de tu pueblo, -explicó.

-¿Por qué has venido? -preguntó María.

-Porque tú me llamaste.

María alzó la mirada al cielo. El pedazo de Luna en forma de cuerno había desaparecido.

-Las nubes taparon a Ñañé -dijo.

El muchacho siguió su mirada. -¿Cómo esperas verme allá arriba si estoy contigo aquí? -insistió.

-¿En verdad eres Ñañé?

-Claro que sí. Pero no veo por qué te sorprendes, me conoces de toda la vida, es decir, me has visto desde que eres pequeñita, -le reprochó el muchacho.

-Bueno, te he visto allá arriba, pero aquí... ya es otra cosa.

-Tonterías, allá, aquí, soy el mismo, ¿no?

María Piaguaje quiso decirle que no era exactamente así, pero no quería comenzar una discusión con tremendo personaje.

-¿Cómo te llamas?

-María, María Piaguaje.

-¿Y por qué estás triste?

-Porque nos obligan a abandonar esta tierra. Dicen que no es nuestra, que ahora pertenece a otros.

-¡Qué tontería! Tu pueblo vino del cielo hace mucho tiempo, yo lo sé. Llegaron a estas tierras y se ubicaron en el río Guajoyá. Hasta allí llegaron tus parientes celestiales. Me parece verlos con sus túnicas multicolores. Trajeron plantas de adornos, maíz, caña de azúcar, guaduas para fabricar lanzas, flautas y caña brava, de donde nacen los pájaros azules de cuyas plumas los hombres fabrican collares y coronas.

La niña lo escuchaba atentamente. Y Ñañé continuó:
-Mmmmm, esto no le va gustar a Rebao, porque ella ama a tu gente. Y ya sabes que ella es quien reposa en su hamaca colgada en las columnas de madera que sostienen a la tierra. Si se enfada, va a causar un gran terremoto -concluyó asintiendo con la cabeza, y continuó: -pero eso no lo podremos evitar nosotros, así que ven conmigo, te llevaré en mi barca y navegaremos por el río celestial hasta Ma´temo, el cielo superior, donde está mi morada.

-Pero, ¿cómo me voy a ir contigo? ¿Y mi familia? -preguntó María.

El muchacho se quedó callado.

-Ñañé, no puedo irme sin mi familia -insistió ella.

-Bueno, entonces los llevaré a todos.

-¡A todos! Somos muchos. Ocupamos doce cabañas y tenemos varios animales que no podemos dejar atrás.

-Pff, mi barca es muy grande. Comienza a crecer en un mes y termina en un mes para empezar a crecer de nuevo.

-¿De verdad? ¿Podríamos todos ir contigo? ¿Y qué haríamos?

-Podrían ayudar a Ocome, el jefe de todos los peces del río, a distribuirlos en la tierra.

-¡Eso nos gustaría mucho! -María palmoteó feliz. Pero ahora es tarde, nadie estará listo todavía y los preparativos toman algún tiempo. ¿Podríamos encontrarnos contigo mañana, así, por la noche?

-Está bien, María. Mañana por la noche y en este lugar. -Estuvo de acuerdo Ñañé. Se despidieron y la niña se fue corriendo a contar sobre este encuentro a su gente. Llegó gritando de tal manera, que todos la rodearon en minutos pensando que algo grave le sucedía. Cuando lograron entenderla, se maravillaron. Buscaron al shaman porque pensaron que él tenía que guiarlos en lo que debían hacer. El shaman escuchó el relato con gran calma, preparó dos recipientes de yagé, el brebaje mágico y se lo bebió todo, antes de hablar. Levantó la mano para pedir silencio al pequeño grupo que lo rodeaba y dijo:

-Si Ñañé quiere llevarnos, vamos con Ñañé.

Esto causó un frenesí entre la gente que se puso inmediatamente a empacar todo lo que querían llevar. Trabajaron toda la noche, toda la mañana siguiente y toda la tarde.

Al llegar la noche estaban listos.

Caminaron silenciosamente hasta el río. Hasta los niños normalmente bulliciosos estaban serios y callados.

Buscaron a la Luna ansiosamente en el cielo, pero la noche estaba completamente oscura, cubierta por densas nubes. María se sentía inquieta. ¿Qué pasaría si Ñañé se olvidaba de su ofrecimiento?

Pasaron los minutos y las horas sin que nada sucediera. La niña tenía dolor de estómago y la cabeza le ardía. La gente empezaba a señalarla y a murmurar. Empezó a llover de golpe torrencialmente. Todos se agruparon sin moverse de la orilla. Llovió durante una hora y escampó tan abruptamente como había comenzado. Las nubes se corrieron y dejaron espacio suficiente por donde apareció un pedazo de Luna.

La expectativa creció dentro del grupo. Nadie se atrevía casi a respirar. Esperaron y esperaron...

Alguien escupió, y como si esto hubiera sido una señal, el grupo empezó a dispersarse. Las mujeres cargaron de nuevo a sus hijos, los hombres tomaron los bultos grandes llenos de sus enseres y empezaron a alejarse.

María se subió en el tronco donde había estado la noche anterior y miró a las negras aguas del río; allí, en medio, apareció la figura de cuerno de la Luna. El reflejo se fue agrandando y agrandando hasta que todo el río parecía de plata. La claridad era tan intensa que alumbraba toda la orilla. Los árboles se cubrieron de estrellas. Una barca plateada bajó por el río.

María Piaguaje fue la primera en subirse, luego subieron los demás y la barca se alejó dejando una estela de luz sobre la selva.